domingo, 10 de enero de 2010

Uma rosa em minha mão






Procurei um lugar
Com meu céu e meu mar,
Não achei.
Procurei o meu par,
Só desgosto e penar
Encontrei.

Onde anda o meu rei,
Que me deixa tão só
Por aí.
A quem tanto busquei
E de tanto que andei,
Me perdi.

Quem me dera encontrar,
Ter meu chão, ter meu mar,
Ter meu chão.
Ver meu campo florir
E uma rosa se abrir
Em minha mão

Vinicius de Moraes

sábado, 9 de enero de 2010

Pablo Lizardo. Ilustrador argentino.











Otra aportación. Creo que muy expresivo, ¿verdad?.

Eva Uviedo. Ilustradora Brasilera.











Sólo una pequeña muestra de sus trabajos. Creo que son fantásticos. Créditos a la autora.

Ilustración



Pionero.



Escalando



Bicho

lunes, 14 de septiembre de 2009

Inmensidad




Ver al fondo aquella muralla y pensar en lo infinito. Sobrecoge solamente el hecho de soñarlo. Ese volcán marca el paso de las horas en un lugar donde, tiempo y espacio, quedan inmóviles ante el simple transitar de las nubes. Levanto la mirada. Las palabras, las omito.

A veces, en octubre, es lo que pasa








Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frio oxida el borde de los ríos

y hace más lento el curso de las aguas;
cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian de paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,

como suspiros que dispersa el viento;
entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:
esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
Tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.

Poesía de Angel Gonzalez

domingo, 2 de agosto de 2009

Iballa en Piedra




Allí estaba ella, sentada frente a la plaza viendo los colores de las flores que salpicaban la avenida del puerto. El sol se mostraba más radiante que nunca frente a la torre que rodea el parque del Conde. El espacio conjugaba veces historia, veces leyenda y entretejía relatos de señores y aborígenes que absorto escuchaba a aquel viejo pescador frente a la playa. Creo que su nombre era Iballa. Su nombre me recuerda a aquella princesa mancillada por la crueldad de Peraza y cuya historia elevó al cielo el nombre de la isla. Quizá debía acercarme a ella, preguntarle qué hacía allí sola, en la más terrible de las soledades y dispuesta a que cualquier transeúnte la mirase como quien mira una roca o una ola, sin mayor gloria que la de estar en un momento y en un espacio concreto. Lo cierto es que caminé hacia su banco silente, lo más sigiloso que sabía con tal de verla de cerca, de admirar cómo su pelo alborotado acariciaba la brisa de aquella tarde de abril. Sin embargo, poco a poco, me fui dando cuenta que su pelo, aquel que jugaba dulcemente con el viento, se convertía lentamente en piedra inerte. Rápidamente corrí hacia ella para tocarla y ver si era sólo producto de mi imaginación o si realmente, cual Apolo y Dafne, se estaba transformando en otro ser. Al llegar hasta ella me di cuenta que ya no era una mujer, se había transformado en una bella figura petrificada de semblante triste. La recogí y la deposité donde aún hoy se esconde, en lo alto de la torre. Quien sabe si allí esperará ser elevada al cielo o si aún, muchos siglos después, aguarda a que Hernán Peraza la rescate del abismo de su soledad.